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El gran desarrollo alcanzado por el sistema bancario en todo el mundo durante la primera mitad del siglo permitió que los servicios que la banca ofrecía beneficiaran a una cantidad cada vez mayor de personas. Ya no eran solamente los grandes capitalistas o las familias ricas quienes recurrían a los bancos: su clientela fue engrosándose con profesionales, comerciantes, trabajadores en general e, incluso, amas de casa. Al mismo tiempo, sus servicios eran cada vez más amplios y eficaces; intervenían lo mismo en los complicados movimientos de capital en una gran compañía, que en el manejo del presupuesto mensual de una familia de clase media.

A su vez, la creciente aceptación de los servicios bancarios facilitó el que muchos hoteles, restaurantes y grandes almacenes empezaran a aceptar cheques personales de sus clientes en vez del pago en efectivo; además, las cartas de recomendación o de crédito y los cheques de viajero expedidos por los bancos permitían al usuario viajar sin llevar consigo fuertes sumas de efectivo, librándolo e los obvios riesgos que ello implica.

Por otra parte, muchos almacenes de prestigio diseñaron formas de crédito y abrieron departamentos de crédito para que su clientela pudiera comprar a plazos y liquidar sus abonos con efectivo o con cheques bancarios. De esta manera empezaba a manifestarse un fenómeno característico de nuestros días: la disminución del uso de dinero en efectivo en todo tipo de transacciones comerciales, a cambio de un uso cada vez mayor del crédito.

No obstante, pese al innegable avance que significaban, estos sistemas de pago y de crédito eran todavía demasiado engorrosos y beneficiaban a un universo relativamente pequeño de personas. Baste pensar, por ejemplo, que no todos los restaurantes u hoteles aceptaban los cheques de un mismo banco, o que para disfrutar el crédito que los almacenes ofrecían era necesario que el interesado elaborara una solicitud en cada uno y fuera sujeto de la correspondiente investigación. Cuando se viajaba el asunto se complicaba más todavía: entre otras dificultades, frecuentemente ocurría que en la ciudad que se visitaba no existían sucursales del banco que manejaba la cuenta del visitante, o tardaban en reconocer su crédito, o le cambiaban muy desfavorablemente sus cheques de viajero.

A mediados del siglo, pocos años después de concluida la Segunda Guerra Mundial, casi todos los países del mundo entraron en una etapa de crecimiento económico sostenido, con lo que las actividades comerciales se desarrollaron en una forma impresionante; cada vez era mayor el número de consumidores y más elevado su poder de compra. Esto ocasionó que se empezaran a buscar alternativas para agilizar los sistemas de crédito en la adquisición de bienes y servicios. El problema era simple y a la vez complejo; se requería una solución audaz que permitiera al usuario utilizar el crédito con facilidad y en el lugar donde se encontrara, y que para ello solo fuera necesario que demostrase ser una persona solvente y gozar de una situación económica estable.

Resulta evidente el hecho de que si una sola institución (un banco, por ejemplo) asumiera la función de otorgar el crédito, representaría una enorme conveniencia para el público en general, pues le ahorraría realizar los tramites de solicitud de crédito en cada establecimiento que le interesara. El banco se encargaría de realizar las investigaciones necesarias para otorgar la correspondiente autorización, además de operar el crédito y efectuar los cobros. Con ello evitaría al comerciante laboriosas tareas; este, una vez hecha su venta, se limitaría a recibir del usuario un pagare que el banco le liquidaría más tarde. El riesgo del crédito quedaría en manos de la institución bancaria y no de los establecimientos que ofrecen bienes y servicios. Esta lucida idea dio origen al nacimiento de las tarjetas de crédito.

Los beneficios para el tarjetahabiente, en lo que respecta a comodidad y seguridad, son evidentes y fáciles de percibir. En primer término, la tarjeta le otorga una mayor capacidad de compra a través de un crédito revolvente; es decir, sin necesidad de contar con efectivo en el momento, el consumidor puede realizar sus adquisiciones cuando lo desee y hacer frente a gastos imprevistos o de emergencia, renovando su línea de crédito en la medida que vaya liquidando los saldos. Puede, además, planear y controlar mejor sus gastos, ya que en sus estados de cuenta aparecen registrados todos los movimientos realizados durante el mes. Asimismo, las tarjetas permiten al usuario tener acceso a un número creciente de establecimientos y servicios, con lo que este adquiere más libertad en su decisión de compra. Por otra parte, la tarjeta de crédito reduce el uso de efectivo en los intercambios comerciales y evita al tarjetahabiente los riesgos de portar consigo grandes cantidades de dinero.

Para el comerciante, las ventajas también son notorias: al aceptar pagos con tarjetas de crédito, obtiene un mayor volumen de ventas ya que su clientela aumenta; asegura la liquidación completa de sus ventas; reduce considerablemente los costos y riesgos implícitos en el manejo y la administración de grandes cantidades de efectivo; además, se evita el trabajo los complicados trámites relacionados con la investigación, el otorgamiento y la operación de créditos.

Las instituciones bancarias, a su vez, obtienen una serie de beneficios. Por un lado, aparte de los ingresos que le representa la promoción y operación de tarjetas de crédito, el banco aumenta considerablemente su cartera de clientes y disminuye los riesgos del manejo de créditos; esto es, los recursos que presta se distribuyen entre una más amplia gama de clientes, en lugar de limitarse a unos cuantos con adeudos de gran magnitud, por lo que siempre será menor la perdida en caso de no llegar a cobrar alguno de los créditos. Además, el de las tarjetas es un crédito a corto plazo y revolvente, lo que permite al banco brindar un servicio continuado y garantizar su liquidez. Por otro lado, el banco tiene la posibilidad de lograr una mayor vinculación entre sus tarjetahabientes y el resto de los servicios bancarios que ofrece, con lo que, evidentemente, logra incrementar su captación de recursos.

Así, la solución a los requerimientos de comodidad, dinamismo y seguridad en el manejo de los recursos financieros para realizar operaciones de diverso tipo, se encontró precisamente en las tarjetas de crédito, que constituyeron una idea novedosa y fecunda, llamada a revolucionar las transacciones comerciales en prácticamente todos los niveles de la sociedad, y cuyo mecanismo básico de funcionamiento es el que a continuación se describe.

El sistema esta compuesto por tres elementos: el consumidor (tarjetahabiente), los establecimientos afiliados que ofrecen los bienes y servicios y el banco que emite la tarjeta. El consumidor presenta al banco su solicitud de crédito; este investiga la solvencia económica del solicitante y, una vez cubiertos los requisitos y aceptada la solicitud, le entrega una tarjeta de plástico con su nombre y número de cuenta. Con ella, el tarjetahabiente puede adquirir en los establecimientos afiliados los bienes y servicios que desee; cuando trace una compra, en lugar de liquidar con dinero en efectivo, presenta su tarjeta.

El responsable del establecimiento llena un pagaré o voucher con los datos del cliente, la descripción de lo comprado y el monto de la transacción; el consumidor lo firma y recibe una copia como comprobante. A su vez, el comerciante reúne todos los pagares de sus ventas y los entrega al banco, quien se encarga de liquidárselos, previo descuento de la comisión por el servicio.

Por su parte, el tarjetahabiente dispone de cierto plazo (generalmente un mes) para pagar al banco los gastos que ha efectuado con su tarjeta; puede optar por liquidar sin intereses el total de sus compras o consumos, o bien utilizar el financiamiento que el banco le ofrece a través de su línea de crédito. en cuyo caso cubrirá en pagos subsecuentes los intereses correspondientes. En el caso de las tarjetas de viaje y entretenimiento, emitidas por instituciones no bancarias, en general el usuario debe liquidar íntegramente el importe de lo que ha consumido en el plazo estipulado por el emisor

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