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Los datos acerca de las primeras tarjetas de crédito y el lugar en que nacieron constituyen, hasta la fecha, motivo de polémica. Sin embargo, lo más aceptado es que la tarjeta de crédito tuvo su origen en Europa, a principios del siglo XX. En Francia, Alemania e Inglaterra, los hoteles de mayor categoría y lujo proporcionaban a sus principales clientes (sobre todo los asiduos) tarjetas de crédito; aunque, por supuesto, no eran iguales a las que actualmente se utilizan.

En los Estados Unidos de Norteamérica el uso de las tarjetas de crédito se remonta a 1924, cuando la compañía General Petroleum introdujo una tarjeta para adquisición de combustibles. A partir de entonces, numerosos almacenes comerciales y expendios de gasolina emitieron sus propias tarjetas de crédito. Durante la Segunda Guerra Mundial estas tarjetas desaparecieron, pues el gobierno restringió los gastos del consumidor y el otorgamiento de créditos. Terminada la guerra se eliminaron estas limitaciones y las tarjetas reaparecieron, de forma que hacia 1947 algunas empresas ferrocarrileras y líneas aéreas empezaron a expedir tarjetas pare viajes.

Puede afirmarse que la llamada "era del dinero de plástico" comienza en 1949, a raíz de la iniciativa de Frank McNamara, un hombre de negocios de Nueva York, quien ideo un procedimiento que le permitiría comer en algunos de los mejores restaurantes de la ciudad sin tener que llevar en el bolsillo dinero en efectivo: creó una organización que garantizara el pago de los consumos realizados por sus socios y la llamo Diners Club, que en español podría traducirse como el "Club de los Comensales". Muy pronto se incluyeron hoteles y grandes almacenes entre los establecimientos afiliados al club. Hacia 1951 eran tantos los asociados, que fue necesario fabricar tarjetas de cartulina que contenían el nombre y la firma del socio, así como una lista de los establecimientos en donde eran aceptadas. A partir de entonces el concepto de tarjeta Diners se extendió rápidamente, rebasó los límites de la Urbe de Hierro y las propias fronteras de los Estados Unidos, para dar la vuelta al mundo.

La creación del Diners Club fue fundamental en la evolución de las tarjetas de crédito, pues fue la primera institución financiera que emitió una tarjeta con carácter internacional. Bajo el aliento de su enorme éxito, en 1958 se emitió una nueva tarjeta para viajes y entretenimientos: la American Express. Con una experiencia centenaria en el manejo de embarques de moneda y oro para los bancos—la célebre Wells-Fargo había sido una de sus subsidiarias—, la American Express Company contaba con una impresionante red de comunicaciones interbancarias dentro y fuera de los Estados Unidos; esto garantizó el éxito inmediato que tuvo su programa de tarjetas de crédito.

Por otra parte, en 1951 el Franklin National Bank lanzó la primera tarjeta de crédito bancaria en la historia. Su ejemplo cundió rápidamente por toda la Unión Americana, de manera que para finales de 1953 existían 62 bancos con tarjeta propia y al término de la década sumaban ya casi doscientos. 

No obstante, los primeros años fueron difíciles, especialmente para las tarjetas de crédito bancarias. En muchos casos, las esperanzas de enormes beneficios se convirtieron en cuantiosas pérdidas, pues el desarrollar y operar los planes de tarjetas de crédito bancario resultó mucho más caro y complicado de lo previsto: los bancos tuvieron que adquirir equipo adicional, preparar a su personal y, lo más difícil, persuadir al público de las ventajas del empleo de las tarjetas de crédito. Por otra parte, los gastos publicitarios eran muy elevados y los propios bancos carecían de experiencia en este tipo de préstamos, lo que llevo a muchos de ellos a abandonar el novedoso sistema.

Durante la década de los sesenta, estas experiencias negativas fueron eliminándose poco a poco y los bancos volvieron a expedir, con nuevos bríos, tarjetas de crédito. Esto se debió, principalmente, a la participación de las grandes instituciones bancarias que iniciaron, sobre mejores bases, programas de tarjetas. En 1966 un grupo de bancos de Nueva York organizó el sistema Interbank, en forma de cooperativa y con un sistema de trueque sin ganancias en los planes independientes de tarjetas bancarias, y en muy poco tiempo muchos otros bancos se habían afiliado ya al sistema. Posteriormente, tanto la propia organización como la tarjeta que esta emitió cambiaron de nombre, primero por el de MasterCharge y luego por el de MasterCard, como se conocen actualmente.

Por esas mismas fechas, en la costa oeste de los Estados Unidos, en California, el Bank of America de San Francisco emitió el sistema de tarjetas BankAmericard, al que se fueron uniendo una gran cantidad de bancos. Poco después, tras la fundación del consorcio VISA (Visa International Service Association), que compró todos los derechos del sistema al Bank of America, las tarjetas BankAmericard fueron sustituidas por las Visa, que (al igual que las MasterCard) han alcanzado gran renombre internacional.

En ambos casos, el éxito de los sistemas de tarjetas iniciados sobre dos grandes pilares—Interbank, hoy MasterCard, y BankAmericard, hoy Visa—fue sin duda resultado de un fenómeno de participación conjunta: los bancos compartieron esfuerzos para la promoción y operación de tarjetas de crédito, así como para la extensión de sus servicios, primero con base en programas locales, luego estatales, regionales, nacionales y, finalmente, internacionales. En la década de los cincuenta habían sido básicamente bancos pequeños y de cobertura regional los que se aventuraron en los planes con tarjetas, mientras que en la segunda etapa intervinieron ya bancos con alcance nacional e incluso internacional.

La consolidación de estos dos grandes consorcios permitió el avance estable y definitivo en el uso del dinero de plástico, con lo que muy pronto este novedoso y eficaz sistema se propago por todo el mundo.

Puede decirse que para finales de los sesenta, la cause de las tarjetas de crédito estaba ya ganada, pues su aceptación por parte del público era día con día mayor, sus servicios eran cada vez más amplios y la facilidad del crédito trascienda las fronteras.

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