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Durante los setenta fue haciéndose cada vez más común el uso del dinero de plástico, no sólo en forma de tarjeta de crédito. Así, aparte de que numerosos almacenes e instituciones emitieron tarjetas de plástico para otorgar sus propios créditos, muchos lo hicieron también para autorizar pagos con cheque y para ofrecer descuentos. Las mujeres en sus bolsos y los hombres en sus carteras empezaron a portar cada vez más tarjetas y menos dinero en efectivo. Para darse una idea de la aceptación que comenzó a adquirir el dinero de plástico, baste mencionar que en 1970, solo en los Estados Unidos, se perdieron o fueron robadas un millón 200 mil tarjetas.

Esta creciente aceptación tuvo un importante impacto en el mercado: por un lado, aumentaron las ventas y con ello la producción; por el otro, dado que el uso del dinero de plástico permitió al usuario controlar más racionalmente su presupuesto, aunque aumentó el consumo, también lo hizo el ahorro, con las ventajas que ello implica para la economía.

Pero es en los últimos años cuando el empleo del dinero de plástico se expande hasta llegar a niveles impresionantes. Los sistemas Visa y MasterCard, que cuentan con más de 35 mil bancos afiliados en 170 países del mundo, han emitido entre ambos más de 380 millones de tarjetas y cuentan con alrededor de ocho millones de establecimientos afiliados.

Son dos los factores en los que se basa el constante crecimiento de las organizaciones Visa y MasterCard. Por una parte, la aceptación generalizada de los productos y servicios que ofrecen los bancos a través de estos dos sistemas; por la otra, el impresionante desarrollo de los medios de comunicación y de los sistemas de informática. Gracias a ello, es posible transmitir información de un confín al otro del planeta en cuestión de segundos; las modernas computadoras facilitan el manejo de datos de millones de usuarios y son capaces de efectuar el balance diario de cientos de miles de operaciones.

Al principio, la tarjeta servía para marcar mecánicamente los datos del consumidor en un pagaré. Ahora, además de eso, es la llave de entrada a terminales computarizadas que brindan los servicios de un cajero bancario, o bien, a terminales electrónicas de punto fijo, que se encuentran en un gran número de establecimientos y que en cuestión de segundos autorizan el crédito del tarjetahabiente. Así, se ha pasado de las tarjetas de crédito al dinero de plástico, y de este al teledinero y al dinero electrónico.

El crecimiento acelerado y la aceptación generalizada de las tarjetas de crédito, así como una sana competencia entre las empresas emisoras, han permitido que los servicios que ofrece el dinero de plástico se diversifiquen y sean cada vez más eficientes, en un afán por proporcionar mayores ventajas a los tarjetahabientes.

Actualmente ya no es preciso contar con dinero en efectivo para viajar o realizar las compras habituales; las modernas tarjetas de crédito permiten al usuario realizar sus adquisiciones y consumos cotidianos, cubrir un sinfín de gastos—como servicio telefónico, gastos hospitalarios, colegiaturas, cuotas de suscripción, etcétera—y manejar, en general, la administración familiar y empresarial, con el simple hecho de liquidar parcial o totalmente sus saldos cada mes. El tarjetahabiente dispone en muchos casos, desde la comodidad del hogar, de un número prácticamente ilimitado de servicios: puede consultar saldos; transferir fondos entre sus cuentas; efectuar pagos de servicios públicos; adquirir paquetes de viajes; diferir sus pagos; realizar inversiones, y obtener atractivos intereses si mantiene saldo a su favor.

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