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Los primeros comercios se realizaron mediante el trueque, o sea, la simple permuta de un objeto por otro. El trueque, sin embargo, revestía serios inconvenientes. Por un lado, debía haber coincidencia de necesidades entre las partes negociadoras, donde cada cual requiriera de los bienes que la otra ofrecía. Por el otro, surgía el problema de establecer que cantidad de un producto era equivalente a la unidad de otro, aunado esto a la imposibilidad de dividir muchas de las mercancías. Evidentemente, estas limitaciones hacían que los intercambios fueran tortuosos y complicados. 

Un curioso cuadro de las ferias egipcias en la época de los Ramásidas ilustra muy bien las limitaciones del trueque: se observa al personaje Ahmasou trocar un toro por una estera, cinco medidas de miel, once de aceite y otros siete artículos diversos. No es difícil imaginar el arduo regateo que tuvo que realizar Ahmasou para llegar a este acuerdo, obligado por la imposibilidad de fraccionar la mercancía que intercambiaba.

Tales problemas obligaron a que, en forma progresiva, se empezaran a emplear productos de aceptación generalizada como medios de intercambio: sal, granos básicos, animales, telas, armas y otros utensilios. Estos productos, valorados por su utilidad y que actuaron como elementos patrón o equivalentes de valor a los cuales podían referirse todos los demás, constituyeron el dinero de las primeras civilizaciones. Según la época y las culturas, los primeros dineros tuvieron representaciones muy diversas.

Generalmente se acepta que el trigo, el maíz y otros cereales fueron los primeros medios de pago que tuvieron aceptación universal. En la antigua China dónde la sal era un producto muy valioso, se conoce de la existencia de monedas hechas de sal. La sal se empleó para el pago de los obreros y de ahí provino el término salario. El tabaco se utilizó como dinero durante más de 100 años, en Virginia, estado sureño de los Estados Unidos.

Las pieles, por otra parte, constituyeron la forma de dinero más común entre los pueblos de cazadores, como lo atestigua la Biblia en múltiples pasajes. Todavía en el siglo pasado, la piel del castor representaba la unidad de valor para el tráfico comercial entre varias regiones explotadas por la Compañía de la Bahía del Hudson, en los Estados Unidos. Y hasta hace muy poco tiempo, los esquimales del norte de Groenlandia pagaban con pieles de oso o de zorro los productos que les vendían los traficantes daneses.

Entre los pueblos dedicados al pastoreo, el ganado constituyó la propiedad más estimada y más fácil de negociar. En los poemas homéricos puede leerse cómo las armas de Diómedes valían nueve bueyes, mientras que las de Glauco valían cien.

En Roma como por lo general entre los itálicos, el medio más antiguo de intercambio lo constituían los bueyes y las ovejas. El valor de cualquier cosa se calculaba según el número de bueyes que pudieran intercambiarse por ella, el valor de un buey era igual al de 10 ovejas. De esta vieja costumbre, los idiomas europeos heredaron la palabra "pecuniario": relativa al dinero y derivada de la latina pecus, que quiere decir "buey". Luego entró en uso el bronce en pedazos (bronce en bruto) que se pesaba cada vez que se hacía el trueque.

En una de las grandes islas de Borneo ( Malasia, en el sudeste asiático) se usaron calaveras humanas como moneda.

En vastas regiones de Africa, Asia y Oceanía se emplearon durante mucho tiempo los cauris, pequeñas conchas muy apreciadas que podían servir para fabricar anzuelos, cuchillos u objetos ornamentales como collares, bezotes, pendientes y brazaletes. Los cauris eran aceptados en todas partes y su valor no estaba sujeto a fluctuaciones, por lo que llegaron a ser una moneda internacional de excepcional estabilidad. De hecho, su empleo aún no ha desaparecido del todo; durante la invasión de Nueva Guinea, en 1942, los japoneses distribuyeron cauris gratuitamente, con lo que provocaron una fuerte inestabilidad económica en la región.

Con el paso del tiempo, sin embargo, estas formas primitivas de moneda fueron desapareciendo, reemplazadas por los metales; estos tenían una serie de ventajas que explican su adopción universal: eran duraderos, divisibles, de apariencia constante y calidad uniforme, fácilmente manejables y portables.

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