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El uso de los primeros dineros dió lugar a que en la relación de intercambio se diferenciaran dos operaciones, la compra y la venta, dándoles independencia en el tiempo y en el espacio: "hoy compro algo aquí, lo venderé mañana allá". De este modo, el comercio se hizo más dinámico y permitió la creación de un nuevo elemento que facilitó, a su vez, la realización de los intercambios y transacciones comerciales: el crédito.

Dar a crédito (del latín crédere, creer) quiere decir "prestar dinero o suministrar mercancías sin más garantías que la confianza en la persona a quien se dan". En términos económicos, el crédito es un instrumento de cambio que facilita y agiliza la circulación de la riqueza, al mismo tiempo que multiplica la capacidad productiva de los capitales. El crédito tiene como características generales: la existencia de la relación deudor-acreedor; la confianza en la relación; el tiempo pactado para su término, y los intereses o precio por la disposición de los fondos.

Las transacciones crediticias se han realizado desde la antigüedad. Los habitantes de Mesopotamia, hace más de cinco mil años, acudían a sus templos para solicitar en préstamo determinadas cantidades de trigo que (por los tributos recibidos) acumulaban los sacerdotes. Estos otorgaban el grano a condición de que, después de las cosechas, el deudor devolviera la cantidad recibida… y un poco más. El Templo Rojo de Uruk, descubierto en esa región, es quizás el más antiguo edificio bancario de que se tiene noticia.

El crédito era elemento de cambio común entre los habitantes de Babilonia ya desde el año 2300 a.C (antes de Cristo). En los templos de esta ciudad (que fuera una de las más ricas y refinadas de Oriente y cuyos jardines colgantes se consideran una de las siete maravillas del mundo) se realizaban cotidianamente operaciones de préstamo y recepción de bienes en depósito. Todas las transacciones se registraban en tablillas de arcilla que se clasificaban y archivaban en los mismos templos. El comercio se vio ampliamente favorecido: aquel que había efectuado un depósito recibía de manos del sacerdote una carta de crédito, misma que debía ser aceptada y pagada por una filial del templo o bien por un templo deudor.

De hecho, las operaciones financieras llegaron a ser tan importantes y numerosas que el rey Hammurabi (siglo XVII a.C.) decidió reglamentar los préstamos y depósitos; inscribió su legislación en lo que hoy día se conoce como el Código de Hammurabi, donde se establecieron intereses del 33% al pago de los créditos. Con el tiempo aparecieron, junto a los bancos-templo, bancos privados: en el siglo Vl a.C. florecieron las grandes casas comerciales de Igibi y Murashu, que constituyen otro notable ejemplo de la actividad crediticia en la antigüedad. La gran influencia del Imperio Babilonio permitió la difusión de estas prácticas económicas en todo el Oriente Medio, para llegar desde allí al Mediterráneo.

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