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El gran desarrollo del comercio fue uno de los elementos que más contribuyó a que tuviera lugar un cambio de 180 grados en la evolución de la sociedad: el Renacimiento, que marca el inicio de la edad moderna. Su centro de origen fue Italia, en cuyos puertos comerciales del norte nacieron los verdaderos precursores de los bancos modernos. 

En la primera década del siglo XV se fundaron los bancos de la Taula di Canvi, en Barcelona (1401), y la Casa di San Giorgio, en Génova (1407). Estas instituciones recibían depósitos, con los cuales efectuaban préstamos; además, transferían fondos de una cuenta a otra, en pago de las deudas comerciales de sus clientes. El volumen de sus operaciones los llevó a inventar estrategias para facilitarlas: títulos de crédito, letras de cambio, cheques, pagares, documentos cuyo valor estaba respaldado por el banco y que evitaban el manejo de dinero en efectivo.

Fue hasta fines del siglo XVI cuando se fundó en Venecia el primer banco de Estado, el Banco della Piazza di Rialto (1587), que captaba los depósitos de los ciudadanos pero no efectuaba préstamos con ellos, sino que respaldaba las necesidades del Estado. 

Ahora bien, el descubrimiento de América había destruido el monopolio que del comercio con Asia poseía Italia, pues desplazó las actividades comerciales del Mediterráneo al Atlántico. Desde entonces, y hasta la Revolución Industrial, los centros bancarios más importantes de Europa pasaron a ser Augsburgo, Amberes y, poco después, Amsterdam y Londres. En 1609 se fundó el Banco de Cambio de Amsterdam, institución pública que pronto se convirtió en un banco de depósito, lo cual le permitió conceder préstamos. La característica más importante de este banco fue que aventajó a los italianos al ser la primera institución en crear crédito, o sea, prestar sumas mayores que las depositadas por sus clientes.

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